La idea es el punto de partida

Habría que preguntar a muchos emprendedores qué les queda en su proyecto de la idea inicial que tenían.

Al principio se cree en ella a pies juntillas. Se defiende con uñas y dientes. Y se apuesta por ella. Aunque con el tiempo ésta se va limando, adaptando y modificando para conseguir encajar en el mercado y llegar al público objetivo. Que este incluso puede ser distinto al que se contempló de inicio.

Actualmente los emprendedores se entienden, en el sentido más popular, como personas jóvenes que trabajan duro para sacar adelante un proyecto o hacer realidad una idea y vivir de ello. (Aunque somos conscientes de que el emprendimiento es una actitud y aptitud, por lo que creemos que no hay edad para emprender). Esta “definición” hace alarde de la condición de joven que implica ser emprendedor, pero como se suele decir: “más sabe el diablo por viejo que por diablo” o “la experiencia es la madre de todas las ciencias”. Por lo que una idea puede aparentar ser mejor o peor, pero por muy rocambolesca que pueda sonar hay que darle una oportunidad, madurarla y ponerla en práctica. Acciones que con más experiencia se aceleran en el tiempo.

El emprendedor obtiene la categoría de tal, cuando ya ha emprendido, cuando ha logrado poner en marcha una idea. Funcione o no. Pero mientras se está investigando, analizando el mercado, desarrollando el plan de negocio, etc., aún no tiene permitido un hueco entre los tan de moda EMPRENDEDORES. Y esto es lo apasionante y excitante de emprender. Que de un pensamiento, una charla o una hipótesis puede surgir una idea que se convierta en un gran negocio. Por tanto, la idea es importante porque es el punto de partida.

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